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VIAJE A AVILA Y ALBA DE TORMES




Viaje a Avila-Alba de Tormes
Con motivo de la Conmemoración del 500
Aniversario del nacimiento de Santa Teresa de Jesús.
Organizado por la Sociedad cívico-cultural Landázuri
(16-a 17 de mayo de 2015)



1.- Introducción

Ya de vuelta para Vitoria h. las 18 h., Pedro Gonzalo Bilbao, Presidente de nuestra Sociedad Landázuri, me pidió que redactara los comentarios que hice en el autobús a la ida de Vitoria a Avila el día 16 y los que continué en el viaje a Alba de Tormes el 17 por la mañana. Se ve que les agradaron no sólo a él, sino también al resto del grupo integrado por 55 personas. Le contesté que me pondría a ello partiendo de las fichas que había preparado y de las experiencias que fui adquiriendo en el discurrir de los dos días. La finalidad de este ejercicio de informador de buena voluntad no es otro que el de colaborar, en alguna manera, a refrescar por escrito unas secuencias hermosas de cuanto vimos, saboreamos e intentamos comprender. Me siento satisfecho de haber contribuido sencillamente al éxito del viaje y las visitas de un grupo de excelentes personas que tanto contribuyeron a este grato pasar.

Queridos lectores y compañeros de viaje y convivencia: Estas páginas os las dedicamos el que escribe, amigo de la palabra escrita y hablada, lector cuasi impulsivo y sobre todo partidario de la solidaridad cultural compartida, y mi esposa Isabel Roa Pérez. Y puestos a agradecer quiero citar, porque es de justicia, a nuestro Presidente de la Sociedad Landázuri, Pedro Gonzalo Bilbao, porque puso todo su entusiasmo y buen hacer en atraer amigos, cuidar de todo lo relacionado con la administración y por su permanente cuidado en el buen gobierno para que todo saliera bien. También quiero hacer constancia del apoyo de todos los miembros de la Junta, incluidos el Secretario y el Tesorero. Gracias a todos el viaje, las visitas y la convivencia, ayudados y confortados por “il fratre sole”, el aire y la luz de la Meseta, hicieron entre todos que estos dos días hayan sido una gozada. A todos van destinados estos relatos, escritos sin aspiración erudita, pero sí con agrado y a caso con algún tino.

2.- Notas histórico-paisajísticas del trayecto: Desfiladero de Pancorvo, la Bureba y Los Campos de Castilla.

Salimos de Vitoria a las 8 h. con cielo encapotado, de los que llamamos los de pueblo “de panza de burra” y tiempo más bien fresco. Yo pensaba y así les dije a los colegas que esperaba que el gran Señor Anticiclón de las Azores, que marca el tiempo atmosférico en estas latitudes, nos fuera favorable pasado el Desfiladero de Pancorvo. Y así fue. Pasadas las Ribera Alta y Baja del Oeste alavés y dejando a un lado la Sierra de Bujedo, aparecieron ante nosotros los riscos de Pancorvo que abren la puerta de Castilla. Les fui contando que su nombre deriva de la voz latina Ponte Curvo, como así figura en los diplomas condales y reales. Para no perderse en historias, que serían largas, me circunscribiré a lo dicho ese día.

2.1.-La Historia

Este modesto cronista, amigo de la palabra y de los hechos pasados, les fue glosando cómo a partir del conde Diego Porcelos (s. IX) se inició la unión de los condados castellanos hasta llegar a su unificación con el conde Fernán González (s. X). En el s. XI, al morir el conde don García cuando se dirigía a León para celebrar sus esponsales con la hija de Bermudo III rey de León, los dominios castellanos pasaron a manos de su hermana doña Mayor, casada con Sancho III el Mayor, rey de Navarra. Ambos rigieron los destinos de este territorio hasta la muerte del rey, en que los heredó en 1035 con el título de rey, su segundo hijo, don Fernando, primer rey de Castilla. Poco después, en 1054 Fernando, llevado no precisamente de amor fraterno el primitivo reino echó a andar, derrotó y mató a su hermano García IV el de Nájera en la batalla de Atapuerca. En pleno s. XI con Alfonso VI la frontera del reino alcanzó el curso del Tajo c on la conquista de Toledo (1085).

Las tierras abulenses formaron parte del reino castellano por estas fechas, gracias a Raimundo de Borgoña, casado con Urraca, hija de Alfonso VI. Fue entonces cuando se inició el repoblamiento cristiano con gentes navarras, vascas, serranas y de los propios moros que se convertirían en moriscos. Entonces fue cuando se alzaron las murallas de Avila, sus iglesias y la catedral poderosa y guerrea y se estructuró su sociedad y se remodeló el paisaje. Y paso a describir los paisajes.

2.2.- Descripción de la Bureba.

A partir de Pancorvo, en dirección S. se abre la Bureba, donde desaparecen las formaciones montañosas y las masas forestales. Los árboles quedan en los linderos de las fincas salpicando las tierras de labor. Las tierras son pardas y se impone la austeridad de las líneas horizontales, con clima extremado en invierno y fresco en la primavera. En estos espacios se inicia la tradicional calefacción, “la gloria”, que se ponía en marcha veinte días antes del comienzo del invierno. La uniformidad rural de la Bureba es consecuencia de la cerealización de los terrazgos y la apertura de comunicaciones para la venta del trigo por tren. Coincidió con la subida del precio de los cereales, h. 1860. Se exportaba hacia Bilbao con destino a Cuba, a través de las estaciones ferroviarias de Pancorvo y Briviesca. Ello nos explica el incremento de las roturaciones. El resultado de esta política es que toda la zona se ha convertido en una explotación triguera.

En época medieval los campesinos pagaban al rey la quinta parte de sus cosechas. Por ello muchos nombres de lugar se llaman Quinta, Quintana y Quintanillas. En los últimos años se ha dado una fuerte emigración, primero hacia Bilbao y después hacia Burgos capital. En Briviesca se designó en las Cortes de 1387 al príncipe heredero “Príncipe de Asturias”.

Antiplanicies

Se extienden sobre una roca secundaria y tienen entre 900 y 1000 metros de altitud y comprende la zona entre el Ebro y el Duero. Todo el territorio abarca unos 4.300 kms. cuadrados y está débilmente poblado. Al E. se distinguen tres zonas: Oca-Tirón, Arlanzón y Arlanzaa. En la zona del Tirón burgalés, en Viloria, nació Santo Domingo de la Calzada. En los Montes de Oca desarrolló su actividad religiosa San Juan de Ortega, en el Camino de Santiago en dirección a Burgos. Se conservan en Villafranca-Montes de Oca los restos del Hospital fundado por Enrique II a fines del s. XIV. Más adelante se llega al puerto de la Brújula, cuyo nombre procede del empleo de la brújula en el s. XVIII para orientar a los caminantes.

Seguimos por la antiplanicie del Arlanza, que comprende todo el territorio del partido de Salas y S. Santo Domingo de Silos, Huerta del Rey y Espinosa de Cervera, donde comienzan los páramos. Las condiciones climáticas son duras con caída de 600 l. por metro cuadrado, que permiten que el Arlanza sea más caudaloso que el Arlanzón. Al S. de Burgos tenemos la submeseta, donde comienzan los páramos con predominio del secano y unos 380 a 470 l. por metro cuadrado. En estas zonas se ha producido una intensa emigración entre los años 1900 y 1970. Al S. y O. extensas parameras separan los afluentes del Pisuerga y la altura es de unos 900 m. de altura. El paisaje a lo largo del año es severo y austero con una vegetación esteparia. Es conocido el queso de la región por su calidad, debido a las hierbas aromáticas del páramo.

Nos adentramos en los páramos palentinos. Esta región no ha sido económicamente tan importante como la Tierra de Campos y la Ribera del Duero. Al atravesar estas planicies que parecía no tenían fin un día hermoso de primavera y los trigos verdes, les recité unos versos de A. Machado, que dicen:

“Alamos del camino blancos,
chopos de la ribera.
Sol del día, claro día,
Hermosa tierra de España”.

Los pueblos que se suceden responden a construcciones con cimientos de cantos rodados y tapiales de adobe. Las casas están apiñadas en torno a la iglesia, con calles tortuosas y sin plan alguno. En torno a los pueblos se observan construcciones circulares destinadas a palomares, que aportan pichones y un abono para el campo. Destacan como núcleos de población: Palencia, Medina del Campo, Medina de Ríoseco, Astudillo, etc.

Medina del Campo.

La región fue poblada por los Vacceos y la dominación romana fue escasa. Con la conqjuista árabe pasó a ser “tierra de nadie”, a causa de las razzias. Con la toma de Toledo (1085) por Alfonso VI comenzó a repoblarse y se denominó la villa Medina ´la ciudad ´). Adquirió gran relevancia con el nombramiento de feria franca en 1421. Aquí acudían comerciantes de gran parte de la Europa Occidental y durante los siglos XV-XVI pasó a ser la capital financiera del reino. Tras el levantamiento de los Comuneros, Felipe II relanzó su actividad financiera, al atraer a los banqueros más importantes. Se vendían cereales, lana de los merinos, especias, sedas, pedrería y obras de arte flamencas, como las que adquirió un alavés de pro, Joan Perez de Lazarraga para su recreo y el convento de Clarisas de Vidaurreta (Oñate) que acababa de fundar (1511). La decadencia se inició a fines del s. XVI al perder su privilegio de feria franca en beneficio de Madrid, la nueva capital del reino.
3.- Avila: Comentario histórico y esbozo de la ciudad.

3.1.- Comentario histórico

En 1515 cuando nació Teresa de Jesús terminaba la Edad Media y daba comienzo la Moderna. Recuérdese que veinte años antes había terminado la reconquista con la toma de Granada (1492), dando fin a una “cruzada” española, que duró 777 años; la expulsión de los judíos y el descubrimiento de América por Cristóbal Colón. Se había iniciado la conquista de Méjico con Hernán Cortés y la de Perú con Gonzalo Pizarro. Habría que añadir la llegada de oro procedente de las Indias Occidentales y las especias de Filipinas. La época en que vivió Teresa de Jesús coincide con el reinado de Carlos V y Felipe II y que acabaría en quiebra en 1665 con Felipe IV.

En este período se sitúa la muerte de Isabel la Católica, Carlos V sólo tenía 15 años y ocupaba el pontificado León X, médicis. En 1514 se había promulgado la bula de la indulgencia para recabar el dinero necesario para la construcción de la gran basílica de San Pedro en la que trabajaba Miguel Angel. En 1515 Martín Luther, que contaba con 33 años, daba a conocer sus reformas religiosas que promovieron las guerras de religión y la fe luterana en oposición a Roma (Dieta de Worms). Santa Teresa, en plena contrarreforma, con sus pobres pies descalzos y en sandalias, triunfó.

3.2.- Esbozo de la ciudad

Dentro de los muros de Avila convivían cristianos y judíos conversos –marranos- para diferenciarlos de los “cristianos viejos”. Era una ciudad levítica y señorial, plagada de iglesias, conventos, monasterios, casas nobles y modestas casas de siervos. La ciudad que conoció Santa Teresa era una ciudad era una ciudad de piedra, levantada sobre las colinas próximas al río Adaja, a 1.000 m. de altura y que, según la tradición, data del s. I d. C. Se dice que San Pedro envió a uno de los siete discípulos, San Segundo, a fundar la sede de Avila y que fue martirizado en una de las primeras persecuciones. En el s. IV, Prisciliano concibió un cristianismo agnóstico y maniqueo. Fue obispo de Avila y murió por orden de Constantino en Tréveris en 385.

Entre 1090 y 1097 se levantaron sus murallas, una de las obras más notables de la Edad Media y que le han valido ser nombrada por la UNESCO, monumento de la humanidad. Sus muros son de 40 pies de altura y 13 de espesor, y están construidos en granito sobre la propia roca. En uno de sus ángulos se alzaría la catedral-fortaleza. Su perímetro es de 9.075 pies con 86 torres y 2..500 merlones o almenas. Las casas se alzan en hileras en dirección de las iglesias y torres de los conventos. En el centro, mirando a las murallas, se yerguen los palacios de los grandes señores, los Bracamonte, los Verdugo, los Cepeda y los Dávila.

Tras la reconquista la ciudad prosperó y se extendió extramuros en tres suburbios o arrabales. En uno de ellos, de terreno llano, se desarrolló buena parte de la vida de Santa Teresa. No era otro que el lugar donde se halla el convento de Santa Ana, lugar en que Isabel la Católica rechazara en un principio la corona de Castilla. Al N. en un pequeño claro, está el arrabal del Ambles, desde donde se divisan las montañas de la Sierra de Gredos y está el convento de los agustinos y al E. el de los dominicos de Santo Tomás. En tiempo de Teresa había molinos harineros y batanes, donde se fabricaban tejidos de lana, el principal producto de la ciudad, pues se pensaba que las aguas del Adaja hacía posible que no se destiñeran.

4.- Vida de la Santa.

4.1.- La casa natal. De acuerdo con los inventarios de bienes y enseres hechos por el padre de la santa, era una casa de piedra situada en el extremo O. de la ciudad, cerca del barrio moro, en frente de la iglesia de Santo Domingo y al costado de la iglesia de Santa Escolástica. Se llamaba “Casa de la moneda”. Don Alonso Sánchez de Cepeda la compró en 1504 y la adaptó para ser habitada. En el zaguán había toda clase de armas de la época, arreos para los caballos, una mesa de ajedrez y una hermosa rueca. Era amplia para aquella época y poseía una biblioteca con obras religiosas como la Vida de Cristo, un tratado sobre la misa, Las Trescientas y la Coronación de Juan de Mena (s. XV), Las Segas de Esplandián, etc.

4.2.- La santa nació el 28 de marzo de 1515. Su padre, Alonso Sánchez de Cepeda, de condición hijodalgo. El abuelo paterno, Juan Sánchez de Cepeda era toledano y judeo converso que había obtenido la condición de “pureza de sangre “ previo desembolso de una gran cantidad de dinero al Santo Oficio en 1500. Se ve que todo ayudaba a la “santa causa”, es decir, sin mancha de moro o judío. Sus seis hijos salieron redimidos. La santa, ya muy mayor, reprochaba al P. Gracián que le preguntaba por sus antepasados, diciendo: “Me basta, padre, con ser hija de la Iglesia Católica”.

El padre, Alonso, nacido en Toledo en 1485, era conocido por el “toledano”. Era un hombre grave, sesudo, modesto, de vida templada, buen jinete y no mal espadachín. Al adquirir la condición de hidalgo, se vio obligado a abandonar su profesión de mercader de telas y de prestamista, quedando obligado a vivir de rentas y aparato, que le llevarían a la ruina. Casó en 1504 con una dama abulense, Catalina del Peso y Henao, de la que tuvo 2 hijos, Juan y María. La esposa murió tres años después, habiendo aportado al matrimonio 100.000 maravedíes y el esposo 250.000. Viudo a los 24 años contrajo segundo matrimonio con Beatriz Dávila y Ahumada, de 14 años, de una de las familias más nobles y heredera de una cuantiosa fortuna. Un año más tarde, a los 15 años, dio a luz a Hernando, seguido de ocho hijos más. Teresda nació en 1515, teniendo ella 20 años.

4.3.- Características familiares.

Era graciosa y bien formada, la cara sonrosada como muchas de las mujeres castellanas. De cabello castaño, sus ojos parecían bailarle cuando sonreía. Las manos diminutas y muy lindas. Decía la santa: “El tener padres virtuosos y temerosos de Dios me bastara, si yo no fuera tan ruin [...]. Era mi padre aficionado a leer buenos libros y ansi los tenia en romance para que leyesen sus hijos”. Y añade: “Era mi padre hombre de mucha caridad con los pobres y piedad con los enfermos y aun con los criados. Nunca quiso tener esclavos, porque los habia gran piedad. Era de gran verdad y jamás nadie le oyo jurar ni murmurar. Muy honesto en gran manera”.

Don Alonso, como hidalgo, pasó a depender exclusivamente de la dote y ajuar aportados por su segunda esposa. Pedro los ahorros se agotaron en una casa con rumbo y en la no entraba un maravedí, sino que salía y esta vida de apariencia le llevó a la ruina. A su muerte más de cincuenta acreedores se quedaron con una parte de los bienes familiares. El proceso duró de 1544 a 1551. Las vergüenzas familiares quedaron al descubierto, pues los maridos de María (la hija del primer matrimonio) y de Juana (la última del segundo) entablaron un pleito para recuperar los bienes aportados por las dos esposas. A resultas de este estado económico los hijos salieron para la conquista de América en búsqueda de oportunidades: Rodrigo, Pedro, Jerónimo y Lorenzo. Los tres primeros murieron en Perú, otro volvió con más pena que gloria y sólo Lorenzo regresó con oro y plata, convertido en triunfador. La santa guardó un grato recuerdo tanto de sus padres, como de sus hermanos, especialmente de Rodrigo y Lorenzo.

4.4.- Niñez y adolescencia de Teresa de Jesús.

Le gustaba mucho escuchar historias de santos, especialmente de mártires, y quería de niña identificarse con ellos. Admiraba a los héroes y cruzados, pero nunca quiso emular a Santa Juana de Arco o a la reina Isabel la Católica. Era de condición apacible, dulce, generosa, serena, cariñosa y armoniosa. Hablaba con frecuencia con su hermano Rodrigo, cuatro años mayor que ella, de r a tierras de moros y morir por Dios. Así lo cuenta ella y dice que tenía siete años, cuando un día cogidos de la mano pasaron el puente, pensando en que los moros les cortarían la cabeza con una cimitarra. Cuando llegaron al “Humilladero”, una cruz erigida en medio de cuatro columnas, llamado “Cuatro Postes”, pasó casualmente por el lugar un hermano del padre, Francisco Alvarez de Cepeda, y se los llevó a casa:

La santa recuerda a su madre con no menos respeto. La recordaba como una mujer hermosa, como las matronas de alto linaje de Castilla, pero algo desaliñada a fin de evitar los peligros de la vanidad o de la seducción. Tuvo poca salud, pero jamás se quejó de ello. Su madre acogió con alegría a todos los hijos que Dios le mandara y le envió nueve. Una de las costumbres de la familia era la de rezar el rosario después de cenar. Le enseñó a leer, pues era gran lectora de libros de caballería y veía con agrado que sus hijos lo hicieran, disfrutando de las hazañas y aventuras fantásticas de don Belianis de Grecia, o las aventuras de Oriana de Bretaña. La propia Teresa lo dice así: “Era aficionada a libros de caballería, me desenvolvía para leer en ellos y mi madre los leía para no pensar en los grandes trabajos que tenía y ocupar sus hijos, que no anduvieran en otras casas y perderlos. Desto le pesaba tanto a mi padre, que se habiía de tener aviso a que no lo viese”.

En su Vida dejó escrito: “Yo comencé a quedarme en costumbre de leerlos y aquella pequeña falta que en ella vi, me comenzó a enfriar los deseos [...] y pareciame que no era malo con gastar muchas horas del dia y de la noche en tan vano ejercicio, aunque ascondida de mi padre. Era tan estremo lo que en esto me embebía, que si no tenia libro nuevo, no me parece que tenia contento”.

Siendo ya jovencita lo recuerda en su Vida: “Comencé a traer galas y desear contentar en parecer bien, con mucho cuidado de manos y cabello y olores y todas las vanidades que en esto podía tener, que era hartas, por ser curiosa”. Se daba cuenta que era linda y anhelaba tener tanto encanto como Oriana. Frecuentó el trato con una prima suya algo casquivana y dice: “Andabamos siempre juntas y en todas las cosas que les daba contento, nos sustentaba la plática, aficiones y niñerías no nada buenas”. Era una de las damiselas más codiciada de Avila: hermosa, discreta, alegre, razonablemente devota y con una buena dote dejada por su madre. No carecía de cierto orgullo castellano de su linaje, con cierta vanidad femenina y un deseo completamente natural de ser amada. Tal vez su padre Don Alonso comprendiendo el estado de su hija, decidió enviarla al convento de Nuestra Señora de Gracia de las agustinas, donde se educaban las jóvenes de su clase. Por aquellos días visitó Avila la emperatriz Isabel, que pasaba por ser una de las mujeres más bella de Europa (1531), mientras el emperador Caros V trataba en Alemania de imponerse a Martín Luther. La emperatriz y sus dos hijos pasaron todo el verano en Avila, pues se decía que su clima era suave y favorecía la salud. El 24 de agosto la emperatriz presentó a su hijo Felipe II a la sociedad abulense. Probablemente asistió Teresa.

Las monjas que vivían en el convento de las agustinas eran conocidas por su austeridad y decencia. El convento databa de 1508 y en 1520 estuvo bajo la autoridad de Santo Tomás de Villanueva, hombre austero y desprendido. Pronto Teresa se fue centrando y comprendió que nadie la juzgaba mal y que por el contrario la querían y la estimaban. Ella se expresa así: “Estaba mas contenta que en casa de mi padre” e inició su formación. El convento acogía a “doncellas de piso” o estudiantes en pupilaje, que aprendían a leer, escribir, coser, tejer y bordar. Estuvo bajo el cuidado de la Hermana María Breceño, una dama castellana de ilustre familia abulense.


4.5.- Muerte de la madre de Teresa, doña Beatriz Dávila y Ahumada y adolescencia de Teresa.

Después del nacimiento de Jerónimo (1522) no tuvo otro hijo hasta 1527, en que dio a luz a la segunda hija, Juana. Teresa tenía 13 años y su madre 33, pero parecía muchos más y vestía a la manera de las abuelas. Don Alonso preocupado por su salud, la llevó a a Goterrendura, una pequeña aldea de la montaña, a tres leguas y media al N. de Avila. Los labriegos tenían una gran estima por ella, ya que era “su castellana”, la mujer más rica y de más alcurnia de la zona y que siempre acudía en ayuda de sus gentes en momentos de apuro. Nada se pudo hacer y murió después de hacer su testamento. La santa dejó escrito al recordar a su madre: “Me acuerdo que quando murio mi madre yo tenia 14 años y estaba muy afligida y que llore mucho, quando comence a comprender lo que habia perdido”. Después de los funerales, Teresa advirtió de lo que había perdido para siempre. Y lloró desconsoladamente, hasta que dejó su casa que estaba vacía para ella y se refugió en el Hospicio de San Lorenzo, próximo a la puerta del Adaja.

Teresa tenía 14 años cuando perdió a su madre con la que estaba muy unida. Se sintió una muchacha solitaria. Pronto volvió a leer ocultando bajo la cama los libros, por miedo a la vigilancia de su padre: Novelas de caballería como el Amadís de Gaula, las Aventuras de Andandona o el héroe Esplandián. Al igual que otras jóvenes, usaba afeites. No se olvide que los hombres eran muy aficionados a los perfumes. Se había convertido en una de las jóvenes más atractiva, con brillantes ojos negros, dientes blancos, labios rojos y suaves. En fin, con mucho encanto. Llevaba algunas joyas, un collar valorado en 30.000 maravedíes, cadenas de oro, anillos de oro, enaguas de Roan, fajas de tafetán o tela de seda para recoger el cabello. Como todas las otras damas de Castilla sabía hilar y tejer. Se convirtió en una de las damiselas más codiciadas de Avila.

4.6.- Entrada en el convento de la Encarnación.

A fines de 1523 comenzó a debilitarse y su padre acudió al convento a fines de 1523. Pasó a su casa y su padre la llevó a comienzos de la primavera a Castellanos de la Cañada para que la atendiese un curandero. Salieron montados en mula en anchas jamugas para damas y llegaron por caminos de herradura a la aldea, después de descansar en Hortigosa en casas propiedad del padre y familiares. La aldea estaba en la sierra antre Avila y Salamanca, en tierras de pastores y ganaderos. Se dedicó a la lectura de obras religiosas y fue entonces cuando decidió entrar en el convento carmelita de la Encarnación. Lo dice ella misma: “Habíanme dado con unas calenturas unos grandes desmayos, que siempre tenía poca salud. Diome la vida haber quedado ya amiga de buenos libros”. No era fácil a Teresa abandonar a su padre, ya que los hijos, uno detrás del otro, salvo Antonio, se afanaban por hacer fortuna en la conquista americana. Todo acabaría en la ruina económica que acechaba a su padre (1545-1557).

Antonio y Teresa decidieron entrar, uno en los dominicos de Santo Tomás y la otra en la encarnación (1535). Antonio volvió a casa por orden del prior y Teresa quedó en el convento sin la autorización de su padre, a quien llamó para tratar del asunto. Fue su padre y otorgó su consentimiento, quedando Teresa en calidad de novicia.

4.7.- Vida carmelitana y enfermedad de la santa.

Según la tradición el Carmelo se fundó en el monte Carmelo (N. de Palestina) y tenía como fundadores los profetas Elías y Eliseo. En el s. XII una comunidad de eremitas vivía en la citada montaña bajo la Regla de Nuestra Señora. En 1291 fueron asesinados por los islamistas y dos años más tarde los caballeros de las Ordenes de San Juan de Jerusalén y los Templarios, junto con las tropas cristiana se vieron obligados a evacuar Acre, refugiándose en Chipre primero y más tarde en Europa. Los pocos carmelitas que sobrevivieron adaptaron su Regla a las de los mendicantes dominicos y franciscanos. Abandonaron la vida eremítica, adoptando vivir en comunidad y levantaron sus conventos. A lo largo del s. XIV se fueron expandiendo y gozaron de gran estima en la España medieval.

El convento de la Encarnación se fundó en 1378 y llegó a ser el más próspero de Avila. A él acudían las jóvenes de la más alta alcurnia cuando decidían adoptar la vida religiosa. En el convento había cierta tolerancia antes del Concilio de Trento, conservaban parte de su hacienda, no guardaban el ayudo estrictamente y podían recibir visitas. Había “señoras de piso” o pensionistas, ya que no eran miembros de la comunidad o sometidas a la Regla. Entre las acogidas en el convento había dciferencias, siendo las más consideradas las “dueñas”, como Teresa, doña Aldonza, doña Violante, doña Brianda, etc. de la más empingorrotada alcurnia de Castilla. Las que carecían de dote, pasaban a ser sus sirvientas. La habitación de Teresa comprendía dos piezas. En una recibía visitas y en la otra hacía su vida. La comunidad gozaba de gran respeto en la ciudad.

A las monjas se les permitía ir calzadas, a causa del frío en invierno en Avila y llevar mitones en lugar de guantes. No se les permitía la ociosidad, por lo que se les enseñaba el canto en común, la observancia de la Regla y de los ritos litúrgicos. Se guardaba silencio por la mañana y al atardecer. Teresa profesó el 2 de marzo de 1536 en presencia de su padre y hermanos. Pronto cayó enferma. La superiora autorizó su salida y su padre dispuso llevarla a Becedas, donde había una curandera. El pueblo quedaba a quince leguas de Avila en el límite con Salamanca. El primer día pernoctaron en casa de su tío Pedro, hombre muy religioso. Allí pudo leer Teresa la obra Tercer Abecedario de fray Francisco de Osuna. Se trata de una obra para iniciarse en la contemplación y la oración mental. Cuando llegó a Becedas, Teresa tenía que tomar determinadas medicinas –hierbas- y purgarse cada día. Esta terapéutica en el s. XVI podía llevar a la muerte. La curandera estaba en connivencia con el clérigo de la aldea para embaucar a las enfermas. La conversación con el mismo era muy peligrosa, como se verá. La santa lo dejó por escrito: “Siempre fui amiga de letras (´de personas cultas´), pues grandes daños me hicieron a mi alma confesores medio letrados. He visto por espiriencia que es mijor siendo virtuosos y de santas costumbres. Buen letrado nunca me engañó”.

Teresa no tenía nada de tonta. En realidad el cura del pueblo estaba hechizado por una mujer que le obligaba a llevar siempre un hechizo e insistía en que Teresa frecuentara su confesionario y se mostrara amable y afectuosa. Teresa advirtió que detrás de todo se escondía mala inclinación y se apartó de él. Ella misma nos lo explica: “Que se guarden las mujeres de los hombres [...] que en ninguna cosa de ellos pueden confiar. Me guardó el señor de esto. Creo que todos los hombres deben ser amigos de mujeres que vean inclinadas a virtud”. La charlatanería de la curandera y su trato la llevó al total quebrantamiento de su cuerpo. Ella misma lo dejó escrito: “Estuve en aquel lugar tres meses en grandísimos trabajos porque la cura fue más recia que podía mi complixión”. A los dos meses me tenia casi acabada la vida y el rigor del mal de corazón de que me fui a curar, era mucho mas recio”. Y añade: “No podía comer sino era bebiendo y con gran hastío. Tan gastada, porque casi un mes me habían dado una purga por día. Estaba tan abrasada, que se me comenzaron a encoger los niervos con dolores tan incomportables, que día ni noche ningún sosiego podía tener y una tristeza muy profunda”.

Su padre comprendió que había sido víctima del engaño de la curandera y decidió llevarse a su hija a Avila. Teresa no tardó en caer en cama, consumida y deshecha a fuerza de dolores y quedó en la casa que la vio nacer y todos pensaron que iba a morir. Los físicos (´médico´) concluyeron que tenía tubercolosis, además de la enfermedad del corazón y que era demasiado para intentar nada. Ella estaba acostumbrada a leer y releer la historia de Job. De mal en peor todo el mundo pensaba que moría. Se avisó al convento y se cavó en él la sepultura. Se rezó el oficio de difuntos y se mandó que vinieran a casa unas monjas para que acompañaran el cadáver.

D. Alonso, al advertir que tenía pulso, dijo: “Esta hija mía no está para enterrar”. Pensaron que estaba loco y cuando iba a a efectuarse la salida del cuerpo, abrió los ojos y dirigiéndose a su padre y hermanos que lloraban, les dijo: “¿Por qué me reclamáis?”. Pasado el tiempo escribió que durante su agonía había tenido una visión sobrenatural y gozó de la visión de Dios. Nada más despertar dijo después: “La lengua hecha pedazos de mordida, la garganta de no haber pasado nada y de la gran flaqueza, que me ahogaba, que aun el agua no podía pasar”. Toda encogida, hecha un ovillo, sin poder menear el brazo, ni cabeza, más que si estuviera muerta. El domingo de Ramos de 1537 estando aún muy doliente la llevaron al convento de la Encarnación, con gran alegría de las monjas. La parálisis le duró tres años. Al cabo del tercer año quedó restablecida de la parálisis, pero expuesta a mil achaques que la acompañaron el resto de su vida.



4.8.- Tranformación de la santa.

Los veinte años siguientes fueron para ella un continuo purgatorio de sufrimiento físico, mental y espiritual. De hecho desde los 24 años hasta los 44 todas las mañanas le dieron fuertes ganas de vomitar y jamás pudo tomar ningún alimento hasta mediodía. Sus problemas de espíritu se explican por la condición innata del ser humano, que es la libertad y su destino era el de entregarse a los dictados de su conciencia . Para ello era indispensable renunciar a toda ansiedad humana, riqueza, dependencia, vanidad, ser más que nadie, aparentar, poder, etc. Cosa harto difícil. Durante este tiempo en el convento de la Encarnación la visitó su padre que se sentía solo y triste, ya que sus hijos se habían embarcado para la conquista de América. Su mayor satisfacción era visitar a su hija. En el convento Teresa gozaba de gran libertad, debido a sus cualidades. Era muy afectuosa, amaba la verdad y detestaba la hipocresía. Frecuentaba el convento el noble Francisco de Guzmán, hijo de Mosén, Rubí de Bracamonte, noble abulense y gustaba de hablar con Teresa. Ella le acogía con sano juicio y con conducta equilibrada. Una monja mayor, parienta suya le apartó de esta amistad.

Un día, tenía 28 años, a fines de 1543 Don Alonso, su padre, dejó de venir a verla, porque cayó enfermo gravemente. Era el ser que más quería. Dice ella al respecto: “... al perderle, con que en faltarme él, me faltaba todo el bien y regalo”. En el lecho de muerte don Alonso, rodeado de los suyos, murió mientras rezaba el credo. Santa Teresa se expresa así: “A la mitad del credo quedó como un ángel y ansí me parecía a mí lo era él, a manera de decir en alma y dispusición que la tenía muy buena”.

A Teresa le gustaban mucho las representaciones en lienzo y talla de Cristo, la Virgen y santos y no podía comprender ni tolerar la condena de los protestantes de las imágenes en sus templos y decía: “Desventurados los que por su culpa pierden este bien. Bien parece que no aman al Señor, porque si le amaran holgaranse de ver su retrato, como acá aún da contento ver el de quien se quiere bien”. Respecto de la naturaleza dejó escrito: “Aprovechábame a mí también ver campos, agua, flores. En estas cosas hallaba yo memoria del Creador”.

4.9.- Teresa de Jesús y la Inquisición.

Teresa fue como una madre para su hermana menor, Juana, que entró en la Encarnación como “doncella de piso”, doce años después de la muerte del padre. En 1546 había muerto su hermano Antonio y otro había quedado herido en Perú. Juana fue pedida en matrimonio por un joven de Alba de Tormes, de familia de “hidalgos de gotera”, con apuros económicos, pero de mucho orgullo de casta. En este tiempo la santa se relacionó con un anciano, Francisco de Salcedo, pariente suyo y muy religioso. Estalló un grave escándalo que tenía que ver con los “alumbrados”, al descubrirse una hipocresía sacrílega que sembró el pánico en toda España. Una monja del convento de Santa Clara de Córdoba se hacía pasar por estigmatizada de las heridas de Cristo en la cruz y además se decía que hacía milagros. De todas partes acudían impetrando su poder milagreo desde la emperatriz Isabel, esposa de Carlos V a la gente de la nobleza. Se llamaba Magdalena.

Fue detenida e interrogada por la Inquisición y confesó sus supercherías y fue condenada a prisión de por vida. Junto con estos pseudomilagreros había los llamados “iluminados”, que componían una sociedad secreta que aborrecía de los frailes y de cuantos no participaban de su actuación. Eran ex monjes expulsados de los conventos, astrólogos, médicos charlatanes, vendedores de hechizos y de filtros de amor, soldados que volvían desilusionados de las guerras de Italia y aventureros de toda laya. Se dedicaban a embaucar a mujeres impresionables para “concebir profetas”. La inquisición emprendió la caza de todos aquellos que pretendían apariciones y Teresa tuvo miedo de ser acusada de pseudomística y en la Encarnación comenzaron a murmurar de ella. Trató con Pedro Gaspar de Daza, maestro en Teología y gran predicador , así con el clérigo apellidado Salcedo. Ella estaba llena de miedo, pues pensaba que la estaba engañando el diablo.

En un comienzo Salcedo trató de aconsejarla y alentarla. Así se expresa ella misma: “Yo le comencé a tener tan gran amor, que no había en mí mayor descanso, que el día que le veía. Quando tardaba luego me fatigaba mucho pareciéndome que por ser yo tan ruin, no me veia”. El reverendo llegó, la miró indeciso y se apoderó de ella un miedo terrible. Por fin dio con un libro Subida al monte Sión por la vida conpemplativa y encontró sosiego para su espíritu. Ambos clérigos le aconsejaron que tratara con un padre jesuita “porque estaba en mucho peligro, si no había quien me gobernase”. Teresa pareció recobrar su esperanza y pidió a Salcedo que trajese un padre jesuita para que la viera.

La Compañía de Jesús se había granjeado en el curso de una generación una estima general, porque había nacido para encauzar las necesidades de aquella época de corrupción e inquietud. Al mismo tiempo se la miraba con suspicacia y donde quiera que iban hallaban hostilidad, al verles pedir limosna para atender a los pobres y asistir a los enfermos. El propio Ignacio de Loyola fue detenido por la Inquisición en Alcalá y tuvo que defenderse contra las falsas acusaciones de herejía e inmoralidad. El método ignaciano no era en un principio partidario de atacar los delitos contra la fe, sino predicar la verdad cristiana dando ejemplo de vida. Santa Teresa dejó escrito: “Alabado sea el Señor que me ha dado gracia para obedecer a mis confesores, aunque imperfectamente y casi siempre han sido de estos benditos hombres de la Compañía de Jesús”.

Gracias a los consejos de su confesor jesuita del colegio de San Gil de Avila y de la amistad con San Francisco de Borja, tercer general de la Orden jesuítica, a quien había conocido en Avila y tratado hasta su muerte, gracias a la mediación de su amiga la noble Guiomar de Ulloa, se serenó. Su amiga la acogió durante tres años en su casa y le presentó al jesuita Juan de Prádanos para que la escuchara y guiara. Gracias a sus consejos recuperó su salud mental, física y espiritual. En esta época tuvo experiencias místicas, que no se explican por vía natural. Ella lo dice así: “Es luz que no tiene noche, sino que como siempre es luz, no la turba nada”.

Fue, al parecer, en la casa de doña Guiomar en 1558, donde recibió por primera vez la llamada “transfixión”. Estando en oración fue como si la traspasara una flecha en medio del corazón. Esta situación le produjo gran dolor, pero al mismo tiempo una sensación muy grata, que quiso que no terminara nunca. Lo describe así: “Via (por veía) un ángel cabe mí hacia el lado izquierdo, en forma corporal [...]. En esta vision quiso el Señor le viese ansí; no era grande, sino pequeño, hermoso mucho, el rostro tan encendido que parecía de los ángeles muy subidos, que parece todos se abrasan. Veíale en las manos un dardo de oro largo y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Este me parecía meter por el corazón y me llegaba a las entrañas. Al sacarle me parecia las llevaba consigo y me dejaba toda abrasada en amor grande Dios [...]”. Comenta su biógrafo William Thomas: “En tales momentos el semblante de la monja se tornaba sumamente joven y bello, resplandeciendo a veces con luz viva...”.

4.9.- Arrecian los ataques de la Inquisición (1556-1560).

En octubre de 1556 Carlos V, prematuramente viejo, a la edad de 41 años dejó la corona imperial y se retiró a Yuste, transmitiendo el poder a su hijo Felipe II, como el hombre más poderoso de Occidente. Roma había sido saqueada por las tropas imperiales, Felipe II había triunfado en Saint-Quintin y estaba decidido a poner fin a la insurrección luterano-calvinista junto con la evangélica de Inglaterra y el Turco en Lepanto. Reinaba una especie de locura victoriosa en la monarquía hispana y Felipe II se servía de la Inquisición, mediante los Autos ded fe, para reinar como representante de Dios y de la Iglesia. En los Autos de fe se condenaba a la hoguera a alumbrados, proerasmistas, en fin a todos aquellos que pretendían vivir y pensar al margen de la ortodoxia inquisitorial. No difería gran cosa de lo que ocurría en la Corte de París con Catalina de Médicis, en las ciudades episcopales de los Países Bajos, en Alemania o la Suiza de Calvino.

En Avila cundieron la inquietud, la envidia y las falsas acusaciones contra Teresa, acusada de alumbrada e inmoral. No se olvide el caso de la monja clarisa de nombre Magdalena. Los clérigos enemigos de los jesuitas decían que Teresa estaba irremediablemente perdida, sin esperanza de salvación y lo decían las personas a quienes había favorecido. Se le negaron los libros, salvo los escritos en latín que no entendía. Su pequeña biblioteca la formaban: Flos sanctorum, la Vida deCristo de Rodolfo de Sajonia, Las Epístolas de San Jerónimo, las Confesiones de San Agustín, La Imitación de Cristo, el Tercer Abedecedario, la Subida al monte Sión, etc. El inquisidor general, el dominico Valdés confeccionó una lista de obras prohibidas, incluyendo a Fray Luis de León y Fray Luis de Granada. La huían, como si fuera una apestada y ella se sintió abandonada y sitiada. Lo dejó escrito cuando le dijo el Señor: “No hayas miedo, hija, que soy Yo y no te desampararé. No temas”. Y lo superó.

4.10.-Personalidad de Teresa de Jesús..

Ambiente cortesano en Toledo en 1563. Durante el reinado de Carlos V, Toledo había sido la Corte del reino y los nobles que vivían en la ciudad estaban emparentados entre sí, convertidos en cortesanos al servicio de su sucesor, Felipe II. Gracias a la política de los Reyes Católicos los nobles habían dejado sus castillos pasando al servicio de los reyes en las guerras y en el gobierno del reino. Mientras los maridos guerreaban o servían en misiones diplomáticas, sus esposas vivían una vida severamente convencional, por lo general plácida y recatada. Asistían regularmente al servicio en la iglesia, especialmente los domingos, escuchaban el sermón o asistían a procesiones. Dirigían sus casas acompañadas de muchos servidores y se trasladaban en literas y pasaban mucho tiempo en el estrado o salón de recibir, escuchando música o los libros que leían. Cuando se celebraba una corrida de toros en el Zocodover acudían enjoyadas, así como a los “corrales de comedia” de Lope de Rueda.

Teresa de Cepeda y Ahumada es a la vez un interesantísimo caso psicológico y una cumbre literaria, a decir de Angel Valbuena Prat en su Historia de la Literatura Española (Tomo I). De recio temple castellano, como el Isabel la Católica, se vio influenciada, a caso, por las murallas de su ciudad, que pueden ser como un símbolo en la arquitectura formal de sus Moradas. Fue el reflejo de la religiosidad popular, ajena a su carácter varonil. Mostró un mundo tierno, a veces infantil, otras popular con un jugoso estilo entre ingenuo y pintoresco. Fue, al igual que los paisajes de su tierra, una castellana vigorosa de carácter por su acción y entereza y como escritora la cumbre de un mundo místico, que en cierto modo está más cerca de Murillo y Zurbarán, que del Greco o San Juan de la Cruz. Teresa era un alma ferviente, aguda, de honda penetración, una adivinadora de los resortes del corazón humano. Poseía una delectación maternal en símbolos, cuando habla del agua a sus hijas del espíritu, sus monjas.

Tenía un temperamento sanguíneo, entusiasta y apasionado. Típicas de su imaginación acalorada fueron sus ligerezas de muchacha soltera y enamoradiza. Desde su juventud Teresa había padecido etapas de intensos dolores y postraciones a que se ha aludido antes. Parece muy razonable explicar la transverberación que describe de forma extraordinariamente bella, como producto de una crisis de angina de pecho que le produjo los dolores materiales y orgánicos, sublimados en una interpretación mística. Pero en modo alguno se puede excluir su parte , a caso, sobrenatural. Todo en su vida refleja un temple de alma conocedora de las cosas del mundo, tenaz e incansable.

Quiero traer a colación las relaciones con la princesa de Eboli en el episodio de Pastrana, cuando la dama de la Corte de Felipe II quiso ser monja, conservando su altivez, sus visitas y sus regalos. Teresa, al no poder arrojarla del convento, porque era de su propiedad, sacó de allí a sus monjas, que estaban espantadas de semejante señorona. La de Eboli, disgustada con la santa, denunció el Libro de su vida a la Inquisición. Estas miserias le produjeron “grandísimo tormento y cruz”, como dejó escrito. Pero la intervención de Felipe II, a quien le había dirigido un escrito la santa y los propios dominicos del Santo Oficio dieron la razón a la santa. Como es sabido la princesa de Eboli terminó sus días en prisión por haber traicionado a Felipe II con Antonio Pérez, llevada por su necesidad de género masculino.

Es encantador lo que ella narra a propósito de la fundación del convento ded Sevilla, “la Babilonia de los pícaros”. Así nos lo narra: “Nadie pudiera juzgar que en una ciudad tan caudalosa como Sevilla, y de gente tan rica, había de haber menos aparejo de fundar, que en todas partes que había estado, que pensé algunas veces que no nos era bien tener monesterio en aquel lugar. No se si la misma clima de la tierra, que he oido siempre decir, los demonios tienen más mano allí para tentar, que se la debe dar a Dios, y en este me apretaron a mí, que nunca me vi más pusilánime y cobarde en mi vida, que allí me hallé. Yo cierto a mí mesma no me conocía”.

Felipe Sega, el nuncio del papa, la definía así: Fémina inquieta, andariega, desobediente y contumaz”. Sencillamente reflejan estas palabras que no pudo con ella y constituyen el testimonio de su energía y fuerte personalidad. Fue una mujer que vivió 67 años, de extraordinaria fuerza moral, a pesar de sus enfermedades y aflicciones que la habían mantenido en el lecho. Se la veía pobremente vestida, andar por los caminos de Castilla y Andalucía montada en una mula o en un carretón de labriego, bajo un sol de justicia en verano o un frío que entumecía. Rara vez poseía dinero con que pagar a sus hijas y a ella misma una comida decente. No obstante fundó 17 conventos y varios de los descalzos. Dormía en el granero como cualquier pastor, sin perjuicio de plantar cara a una princesa o de dirigirse a un rey, aconsejándole mejor gobierno.

Era una mujer de acción, una reformadora, un carácter voluntarioso e intrépido, movida por una alta espiritualidad. Castellana en el espíritu y en realismo. Hacen de ella la cima de la mujer castellana. Tenía el suficiente sentido para distinguir la devoción verdadera de la afectada o simple o propia de la flaqueza. En ella vale más lo afectivo que lo intelectual. Poseía hermosura, encanto, genio literario de una rara calidad-si bien no cultivado- , una habilidad extraordinaria en la administración, humor, ternura, sentido común, la intrepidez de un soldado y la obediencia y humildad de un santo. Con escasa instrucción básica sabía de neurastenia más que siglos más tarde alcanzó Charcot. Alcanzó tal poder y tanta claridad como pensadora, que incluso Leibnitz reconoció su deuda con ella. La Iglesia Católica la honró con el título de Doctora junto con Santo Tomás de Aquino y San Agustín.

4.10.- El lenguaje de la santa.

El primer editor de su obra, Fray Luis de León alaba los escritos de Teresa de Jesús destacando “su delicadeza y claridad , la forma de decirlo y buena compostura de las palabras y una elegancia desafeitada, que deleita en extremo”. Está claro que no se escapaba a Fray Luis la sintaxis descuidada de muchos párrafos de coordinación incorrecta. Pero advertía, como señala Fray Luis de León: “...aunque en algunas partes de sus escritos antes que acabe la razón comienza la mezcla con otras razones y hace con tan buena gracia la mezcla, que ese mismo vicio la acarree hermosura”. Teresa preconizaba la la llaneza, la sencillez en la expresión y usa la lengua popular de Castilla la Vieja teñida de arcaísmos, como anque, entramos, verná, cuantimás, Ilesia, perlada, tuvierdes, siguridad, etc. Emplea diminutivos, como “pensamentillos que proceden de la imaginación, hacíaseme recia cosa estar tan tortolita a veces, esta navecica de nuestra alma”, etc. Rafael Lapesa, mi maestro en la Universidad Complutense, dice: “Este lenguaje es eminentemente artístico, su estilo es genial y desaliñado”. Otro Profesor que tuve, Oliver Asín, dice: “Es el lenguaje más candoroso y sencillo castellano de las dueñas de Avila”. Ella misma se retrata diciendo en el Modo de visitar los conventos de religiosas: “También miraren la manera de hablar, que vaya con simplicidad, llaneza y religión, que lleva más estilo de ermitaño y gente retirada, que no ir tomando vocablos de novedades y melindres que usan en el mundo”.

El estilo de Santa Teresa es sumamente expresivo, emplea el tono interjectivo en los momentos inefables de éxtasis y una forma inacabada de encanto en las relaciones y comparaciones, como fiel de la conversación castiza del s. XVI en que se formó. A título de ejemplo véase este párrafo que parece un sollozo del alma: “¡Oh deleite mío, Señor de todo lo criado y Dios mío!. ¿ Hasta cuándo esperaré ver vuestra presencia?. ¿Qué remedio dais a quien tan poco tiene en la tierra para tener algún descanso fuera de Vos?. ¡Oh vida larga, oh vida tan penosa!. ¿Oh vida que no se vive. Oh qué sola soledad, Qué sin remedio!. ¡Pues, cuándo, Señor cuándo?. ¿Hasta cuándo?...”.

En el libro de la Fundaciones, lleno de detalles, agradece los más pequeños detalles, aunque parezcan despreciables, para mostrar contento: Una vivienda miserable, a veces un patio “de paredes harto chicas”, al que llega con sus monjas sin más ajuar que “dos jergones y una manta” y dejar después que las cosas vayan ayudando al intento. Es una especie de recreación en la pobreza en que prevalecen los valores espirituales por encima de todas lasa vanidades terrenas. Teresa penetró como nadie en ese reino interior, de encantos y perfumes y gustos suaves, empapada en la inmemorable grandeza de Dios,

4.11.- Los últimos días de Santa Teresa.

El 17 de mayo, a las 9´30 h., en una mañana soleada, con las golondrinas haciendo carreras en el aire diáfano, el piar de los gorriones y el canto enamorado de las palomas salimos de la Residencia Santo Tomás en dirección de Alba de Tormes. En este trayecto les fui comentando los últimos episodios de la vida de la santa.

La primera estancia de Teresa de Jesús en Alba de Tormes data de 1573, en que acudió llamada por la duquesa de Alba, quien gozó de su trato. Estando en Burgos en 1582, hubo una gran inundación que se llevó por delante varias casas. El convento recién fundado quedó anegado y hubo que romper las puertas para que saliera el agua al descender el río. Teresa de Jesús, ya muy débil con sus monjas emprendió el viaje camino de Alba de Tormes en un carromato. Los últimos 20 maravedíes que tenía los entregó a las que quedaban en Burgos. En pleno viaje pidió un poco de agua, pues llevaban todo el día sin comer ni beber y sólo consiguieron una hogaza mojada. A fines de julio la llamó la duquesa de Alba para que acudiera a su palacio. Y al llegar a Valladolid bebió el cáliz de la amargura y de la ingratitud humana. La causa era repartir el legado que le había mandado su hermano Lorenzo. El encuentro con sus parientes fue amargo, violento y mezquino.

Enferma de corazón, con un brazo lisiado y la garganta perforada, tuvo que cantarles las cuarenta o las verdades del barquero y tedrminó diciéndoles: “Gracias, Señor, que Dios os pague la merced que me hacéis”. Y continuó su viaje, no sin antes reprender a dos de las monjas que habían acudido para “ziriquiarla”: “Váyanse las dos de mi casa y no vuelvan jamás a ella”. La duquesa de Alba mandó una calesa al encuentro de la santa, pero sin provisiones y en el camino de Peñaranda de Bracamonte Teresa se desmayó de debilidad. No tenían nada para socorrerla y cuando volvió en sí les pidió “alguna cosilla” para comer. Sor Ana de San Bartolomé, que la acompañaba, intentó comprar un huevo, pero sólo consiguió dos higos. La santa le dijo: “No se apene por mí, hija, porque son muy buenos estos higos. Mucha gente pobre no tiene siquiera este regalo”. Al día siguiente consiguieron un poco de berza y cebolla hervida que le sentaron mal.

Al caer de la tarde llegaron a Alba de Tormes, la víspera de San Mateo. Estaba agotada. Le pidieron que se acostara y así lo hizo, diendo: “Dios me ampare, ¡Qué cansada estoy!. Nunca me acosté tan temprano en estos veinte años!”. Así prosiguió hasta el 29 de septiembre, en que tuvo una hemorragia y no podía ir a la enfermería por su propio pie. La Hermana Ana no la abonaba ni de noche ni de día. Llegó la duquesa de Alba a verla y le dio de comer. Uno de los días que vino a visitarla había mal olor en su alcoba a causa de los potingues que la daban y Teresa les dijo a sus monjas: “Cubra, cubra, que no pase todavía la duquesa. Huele muy mal y le habrá de enojar”. Cuando entró la duquesa dijo que sería algún perfume de monjas, que sería el agua de los ángeles.

Estando próxima a la muerte, ante el ruego de Fray Antonio que había ido a confesarla, pidiéndola que no se muriera, ella le contestó: “Que no se preocupe de ello, ya no se me necista más en este mundo”. El 3 de octubre, presintiendo su muerte les pidió a sus monjas le trajeran el viático y la extremaunción. La vistieron con su velo y su manto de coro y antes de la llegada del cura, les dijo a sus monjas: “Hijas mías, les pido por amor de Dios que tengan gran cuenta con la guarda de la Regla y que no miren el mal ejemplo que esta mala monja les ha dado y perdónenmele”. Como dejó escrito en su obra Las Moradas, debió decir: “¡Oh, Señor y Esposo mío, el momento tan deseado ha llegado!. Hora es ya de irnos, ya es hora de partir, sea quanto antes y cúmplase vuestra santísima voluntad. Ya ha llegado para mí la hora de dejar este destierro y mi alma se alegra de unirse con Vos, lo que tanto he deseado”. Fray Antonio le preguntó dónde quería ser enterrada, en Avila o en Alba de Tormes. A lo que contestó: “¿Tengo que tener algo de mi propiedad?. ¿No querrán darme un poco de tierra aquí?”.

As 9 de la noche dejó de existir. Su rostro tornóse hermoso y exhaló un breve suspiro, como tantas veces le oyeron en las noches de verano. A juicio del Padre Yepes se cumplió lo que había dejado escrito en Las Moradas, que murió en un ímpetu de amor. El papa Gregorio XV en la bula de santificación así lo entendió y en el Breviario Romano se consignó: “Intolerabili divino amoris incendio potius quam vi morbi, Albae cum decumberet, purissimam animam Deo redidisse”. Fue enterrada al día siguiente, 5 de octubre, sin embalsamarla, al lado del coro bajo del convento, vestida con el hábito que ella misma se había hecho, en un sencillo ataud. El papa Paulo V la declaró beata en 1614 y Gregorio XV la canonizó en 1622. El papa Urbano VIII la declaró Patrona de España después de Santiago y en 1922 la Universidad de Salamanca le confirió el grado de Doctor en Teología.

5.- A modo de epílogo.

Adjunto algunos testimonios de mujeres actuales de muy diversa procedencia que han estudiado la fuerte personalidad de Teresa de Avila. Según la crítica de Erika Lorena el Libro de su Vida se puede considerar como la primera autobiografía de valor literario escrita en Occidente después de las Confesiones de San Agustín. Los llamados defectos teresianos, como las elipsis, los anacolutos, etc, no son tales, sino recursos estilísticos que buscan la expresividad. Teresa de Jesús se sirve deliberadamente de una serie de estrategias retóricas con las que pretende ganarse al lector. En verdad se trata de una táctica de autodefensa frente a hombres que no aceptaban que una mujer supiera más que ellos. Tuvo que hacer frente a su propio origen judeo-converso, para explicar sus experiencias místicas y salir al paso defendiendo su condición de mujer en una época, la suya, profundamente misógina. Según la crítica moderna la clave de interpretación más fecunda de su vida y escritos, fue su condición de mujer.

La novelista y biógrafa irlandesa Kate O´Brian (1951) en la introducción de la biografía de la santa, la considera como “una mujer de genio por su vida y escritos, reivindicando para Teresa de Jesús como figura femenina y no exclusivamente como una santa. Teresa reivindicó el derecho de las mujeres a la vida espiritual, la igualdad más deseada en la sociedad religiosa de entonces”. Ella misma se expresa de este modo: “Hay muchas más mujeres que hombres a quien el Señor hace estas mercedes y esto oí al santo Fray Pedro de Alcántara y también lo he visto yo, que decía que aprovechan mucho más en este camino que hombres [...] que no hay para qué las decir aquí, todas a favor de las mujeres”.


6.- Conclusión.

A modo de conclusión de este relato sencillo, producto de lecturas y de experiencias propias, he intentado reflejar, si quiera aproximadamente, algunas facetas de la vida y obra de esta gran mujer que fue Teresa de Avila. En primer lugar quisiera explicaros cómo me vino la idea de proponer este viaje. Hace 47 años, a nuestra vuelta de la República Democrática del Congo, que Mobuto llamó Zaire, donde Isabel y yo habíamos pasado cuatro años, invitamos a un amigo muy querido, el jesuita Pierre Paul Dumortier con el que habíamos fraternizado en Kikwit (Kuilu, Bas Congo). El reverendo en cuestión era un hombre muy cabal, austero en su género de vida, bueno por dentro, muy afectuoso y de vasta cultura. ¡Cuántas veces me hablaba de Santa Teresa y de San Juan de la Cruz!. Conocía sus obras a fondo y como obsequio a su amistad le invitamos el 1968 a nuestro piso en Madrid Y juntos fuimos a Avila y a Alba de Tormes. Aquel recuerdo lo guardé bien dentro. Y allá por febrero del presente año, tras una conversación con fray Dámaso Zuazua del Carmelo de Vitoria, me puse en marcha.

Propuse esta iniciativa a la Junta de nuestra Sociedad Landázuri y tanto Pedro Gonzalo Bilbao como el resto recibieron mi propuesta con agrado e interés. Me puse a buscar alojamiento, visitas, dónde comer, precios, etc. y el proyecto se fue perfilando y quedamos en las fechas. Me siento obligado de añadir unas palabras de agradecimiento a todos vosotros porque habéis puesto lo mejor de vosotros para que el viaje haya sido todo un éxito, porque habéis acudido numerosos, bien dispuestos y con deseo de pasarlo bien. A nuestro Presidente, al Tesorero y al Secretario, en fin a todos. En todas partes hemos gozado de la amabilidad, la recepción, las explicaciones, el sol y el aire suaves y acogedores. En cuanto a mí, puse mi ilusión, mi corto saber y mi buena voluntad. Gracias a todos y también a nuestro amigo el Dr. Antón Digon por sus explicaciones como neurólogo, sobre ese mundo tan complejo del genio y figura de la gran mujer Teresa de Jesús. Que estos folios os recuerden estas vivencias tan hermosas. Gracias por vuestra fraternal ayuda por llevar en el “fauteuil roulant” o silla portátil a mi querida Isabel. Y ahora para poner fin a estos relatos, añadiré mi saludo a los postres de la comida en el restaurant Matea en Alba de Tormes, como muestra de mis sentimientos agradecidos a todos.

Juan andreok, lagun guztiok. Amigos todos, señoras y señores, sus mercedes



A modo de aleluya, de saludo y de agradecimiento
por esta hermosa convivencia,
con motivo del 500 Aniversario del nacimiento
de una de las mujeres más digna, más entera,
más cabal y de fe del s. XVI de las Españas.

Os saludo gozoso y cumplido por esta experiencia.
Salimos el 16 de mayo de Vitoria a las 8 h,
con el claror del día, con sus brumas y el frescor.
Recordaréis que os dije que el Señor Anticiclón
de las Azores nos daría sol, luz y claridad.

Y así fue cuando pasamos por la Paramera
y los Campos de pan llevar.
Y ante nosotros el joyel de la Muralla,
tiesa, enhiesta, granítica y medieval.
Nos costó llegar y dimos vueltas, pero nos recreamos
y el contento fue grande al llegar.

A las 14 h. nos sentamos en fraternidad
para la pitanza conventual y sin excesos.
Micer don Pedro nos puso en marcha a las 15, 30 h.
Y allí seguimos como en enjambre los 55 hasta
la primera etapa, la segunda y la tercera.

Nos quedamos cuasi ahítos de piedad,
cuadros, tallas, bajo relieves, manuscritos
y la Santa siempre recogida y en quietud.
Varios peregrinos y servidor echamos de menos
otras facetas humanas. Bueno, son puntos de vista
y poco más

El sabor a granito, el paseo serenado,
bajo un sol de suave calor, por las calles empedradas,
con tanto blasón e hidalguía, agradaron a todos.
¡Qué belleza contemplar la Gran Muralla!.
¿Qué deambular por sus calles a paso suave!

¡Qué gozo en el alma, en el hermano cuerpo,
en todo nuestro ser en San Vicente y San Pedro
y el esplendor de la catedral!.
¡Qué sentirse bien y bendecir al Señor
por la luz, por el sosiego y por saber estar!.

17 de mayo, domingo

El día ha salido limpio, soleado, de bien estar.
Bajamos a las 8´15h. al comedor conventual
y a la derecha un púlpito chico
para contar historias y edificar al personal.
A las 9´30 tomamos el autobús
en dirección de Alba de Tormes,
donde reposan los restos de la gran Teresa de Jesús.

Yo les contaba el relato de sus últimos días
en su viaje en carromato desde Burgos.
¡Pobrica mía, Teresa la valiente, siempre entera
y con dominio, maternal y tan cercana!.

Venías dolida por el encuentro con los tuyos,
con el bracico ya impotente, casi sin fuerzas,
desganadica y triste y sin poder dar de beber
a tus hijas del Carmelo. ¡Sólo dos higos para ocho
que te acompañaban!.

Allá por los años de 1622 –fa lontano- en el barroco
triunfal te dedicaron honores, te exaltaron
pomposos el poder y la Iglesia.
Y se fue olvidando tu humanidad, tu cercanía,
el consuelo que trasmitías a todos,
tu recia y bien plantada libertad.

Nosotros te hemos recordado cómo eras,
sin aureolas y queremos decirte
que has sido el orgullo de nuestra condición
y que la estela que dejaste con tu vida nos siga diciendo:
Vale la pena vivir.



Alba de Tormes, 17 de mayo 2015

El escribidor Ricardo Cierbide Martinena

Imágenes del viaje