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GARATE Y EL CANTO A LA DIFERENCIA

EL CORREO
27.07.08

TRIBUNAS

Por FÉLIX MARAÑA
ESCRITOR

Alberto Gárate (Eibar, 1943) formaba parte de esa nómina imprecisa, pero cierta, de ciudadanos que sólo con su conducta explican el sentido de la diferencia. Pertenecía a una generación de vascos que han ido de prisa en casi todo. Lamentablemente en su caso, por el cierre del ciclo vital, que hace que su desaparición sea un quebranto, aunque no deje de ser un mandato de la Naturaleza. La última vez que nos dimos un abrazo fue en los funerales de nuestro común Henrike Knörr, y acordamos una entrevista, aplazada ya indefinidamente. Con la mirada, y apenas con dos palabras, Gárate nos dio cuenta de cuál era su estado de ánimo, su salud, en aquella jornada de dolor por el amigo. Pensé por un instante entonces cómo se estaban resolviendo ciclos vitales de personas que, en el último cuarto de siglo, habían formado parte de experiencias, instituciones, programas e ideas de las que depende en esencia la vida de la Comunidad Vasca hoy. Y pensé que, de algún modo, estas personas -Knörr, Gárate mismo-, que desde los veinte años no han hecho sino servir a su tiempo de manera constante, no habían llegado a ocupar en esa misma sociedad los puestos, hablemos claramente, que su capacidad y disposición aconsejaba.
Es por eso que Gárate se me aparece como el diferente, que se desubica, no por falta de disposición, sino porque no está a gusto con la manera en que las instituciones y sus dirigentes han ido conformando el discurso de la cultura. Porque en el País Vasco se ha predicado y practicado en el último cuarto de siglo la cultura del uniformismo, y se ha preparado, y apoyado en exclusiva, a intelectuales discretos, sumisos y dispuestos para el aplauso. Es el etnotipo cultural rígido, a lo que personas como Gárate no se prestaron nunca. Eso no le impidió servir con lealtad a instituciones como Eusko Ikaskuntza, donde, también, Gárate era un extraño. Entendía el desarrollo de la cultura como apreciación, precisamente, de la diferencia y le preocupaba el uniformismo que las instancias oficiales habían asignado, reclamado y exigido a los creadores de la cultura, dispuestos a recibir alguna prebenda, claro está que a cambio de su libertad.
Porque Gárate, como parte de esa nómina imprecisa a que nos referimos, era un desubicado. Es, por supuesto, la nómina del liberalismo vasco, que va de Eibar a Bilbao, y se esparrama en el pasado siglo con alientos intelectuales (Unamuno, Arteta) y obreros (Meabe), pero también burgueses (Chávarri, de la Sota, entre otros: ¿Quién, si no, construyó la Economía de la Ría del Nervión?), un liberalismo que proponía un modelo de entendimiento entre diferentes. Ese pensamiento refuerza la idea del liberalismo que Gárate pretendía: entendimiento del distinto, libertad de pensamiento, solidaridad con las causas justas.
Guipuzcoano que estudia en Bilbao y conforma su vida profesional y personal en Vitoria, Gárate se reclamó siempre hijo de una cultura cívica de entendimiento en lo social e integración en lo cultural. Sentía por ello especial consideración por la conducta de sus antepasados y paisanos eibartarras, como Toribio Etxeberría, en cuyo personaje se representa el tipo emprendedor, generador de hechos económicos, entendimiento progresivo del desarrollo de la historia y un acendrado amor por la cultura vasca, entendida como expresión de toda la nobleza de sus sentimientos, y por el euskera. Para Gárate, un libro como Viaje al País de los recuerdos, era una de las muestras más entrañables del pensamiento cívico de Etxeberría. Con motivo de su reedición crítica por el Ayuntamiento de Eibar, nos comentaba cómo debería ser este un libro para la educación de la ciudadanía, en el amor y respeto a su propia sociedad. Esa misma conducta ha sido norma en su pueblo de origen.
Gárate sentía también especial veneración por su pariente Luis Araquistain, el político y escritor vasco, embajador en París en plena guerra civil, y defensor de la causa republicana. Este hecho le llevó a tener algún enfrentamiento con Pío Baroja, y el novelista le aplicó algunos calificativos, fruto de una situación de guerra, de incomodidad, preocupación o miedo. A Gárate le causó especial satisfacción saber que, en realidad, quien incomodó a Baroja en París en plena guerra, no fue el propio Araquistain, sino su esposa, a quien todos conocían como la Embajadora.
Cuando Idoia Estornés cesó en la dirección de la Enciclopedia General Ilustrada del País Vasco, fundada por su padre Bernardo Estornés, Gárate se encargó de su cometido, en la actualización de la misma, procurando continuar con la dinámica de revisión de contenidos para la red de redes, tarea que lleva a cabo la Sociedad de Estudios Vascos. En esta experiencia, volvimos a encontrarnos con Gárate como historiador y revisor minucioso de los textos del diccionario. Porque tenía este hombre un especial sentido histórico, que le llevó a hacer apuntes de enjundia sobre algún libro acerca de Vitoria, así como a resaltar el criterio biográfico de la ciudad en los libros de otro de sus personajes más admirados, otro raro, Tomás Alfaro Fournier, intelectual al que las reediciones y estudios de Antonio Rivera han reivindicado en la medida que el País Vasco y su propia ciudad no habían hecho hasta aquí.
Porque a Gárate, que reclamó para sí el título de observador, era consciente de la necesidad de vindicar, no sólo a quienes piensan como uno mismo, sino a los que piensan contra uno mismo, pero piensan. Por eso valoró siempre la excelente nómina de clérigos cultos que ha dado el País Vasco en el siglo XX, cuya relación no es ahora innecesaria, pero sí convendría volver sobre ella con visión menos ideológica.
Cuando en 1995 se erigió la estatua a Ignacio Aldecoa en La Florida, Gárate participó en la comitiva ciudadana, que presidía Josefina Aldecoa, celebrando con Mario Camus, Henrike Knörr o los Anitua, la estatua del novelista elegante, que tan bien cantó al País de los Vascos. Cuando nos íbamos a retirar, Gárate estuvo especialmente incisivo y ocurrente: «Me alegro mucho por Aldecoa, por Vitoria, y por todos nosotros, pero Ignacio nunca pudo saber que esta estatua se le han dedicado precisamente porque está muerto». Agudo crítico.
Había también en Gárate cierta incomodidad con el medio. Respondía a su sentido crítico, dispuesto a preguntar a nuestra sociedad cómo se puede invertir tanto en centros cívicos de lujo, cuando esa misma sociedad no sabe responder al programa básico de una vivienda digna para el común de sus ciudadanos. Por eso, Gárate, que sirvió con la misma lealtad a la causa política que inspiraba su vida, el socialismo -primero, en Euskadiko Ezkerra, luego en el PSE-, llevaba marcado ese sello del inconformista, que sabe que no puede cambiar el mundo, pero no por ello deja de trabajar en esa dirección.
A Gárate, como nos pasa a los dialécticos, le gustaba la discusión en corto. Eso conlleva ventajas, pues afirma las ideas y procura, también, inconvenientes. En una cena de Landázuri de 2006, tras una conferencia en el ciclo por el cincuentenario de Baroja, sostuvimos ambos una discusión sobre comportamientos humanos -de vascos y vascas, para más señas-, cuyo resultado no ha cambiado el mundo, al parecer, pero sirvió para que, a la despedida, volviéramos a sentirnos con ganas de repetir la dialéctica. Porque, como Gárate iba soltando las cosas como las sentía, fue para muchos un tipo raro y molestón. A uno le gusta mucho, pero mucho, este tipo de gente rara y molestota. Porque si un intelectual no molesta, ya me dirán ustedes para qué se inventó la especie.